Durante la primera infancia, el cerebro de los peques está en plena ebullición. Cada experiencia, cada estímulo y cada emoción deja huella. Y el juego, al ser una actividad placentera y espontánea, activa zonas del cerebro asociadas con el aprendizaje profundo. Jugar es aprender sin darse cuenta.
A través del juego, los niños:
- Ejercitan su imaginación (jugando a “hacer como si…”).
- Desarrollan habilidades motoras (correr, saltar, encajar piezas).
- Aprenden a compartir y esperar turnos.
- Gestionan emociones y frustraciones (cuando algo no sale como quieren).
- Descubren causa y efecto (si dejo caer esto… ¡se rompe!).